7 de enero de 2011

Lo ves en sus ojos. Te das cuenta por sus gestos, por la forma en que se toca la cara, incómodo, y traslada el peso del cuerpo de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Si elige la salida fácil, si esconde su incomodidad detrás del teléfono, entonces lo oyes en el ligero temblor de su voz al saludarte. Y Lugo está ese breve  silencio, mientras trata de encontrar las palabras que ensayó una y otra vez la noche anterior. Las palabras que en ese momento tienen la fuerza suficiente para romper un corazón en mil pedazos, el podes para hacer que una chica llore como una criatura que acaba de lastimarse la rodilla. Y mientras se aleja o cuelga lentamente el teléfono, te quedas muda, atragantada con el nudo que se te ah formado en la garganta, a mitad de camino entre el “No es tu culpa, soy yo…” y el “me gustaría que siguiéramos siendo amigos…” En un instante, pasan de ser una pareja feliz a ser dos personas separadas… salvo que ya no recuerdas lo que significa estar sola. De hecho, no recuerdas muchos como era tu vida antes de que el conquistara tu corazón, prometiendo ser diferente. Pero estabas entera antes de que el llegara y seguirás estándolo después de su partida. Entonces, abróchate el cinturón de seguridad, porque este viaje será muy movido. Pero el punto de destino vale la pena.
Sola. La palabra te da vueltas y vueltas en la cabeza. Al principio te hace llorar. Sola. Dilo conmigo. De pronto estás sola y lo que te duele tanto es ese “de pronto”, como si te hubiesen quitado de un tiro la alfombra bajo tus pies. El cambio fue muy inesperado y, por supuesto, inoportuno, pero ahora que ah sucedido debes levantarte del suelo, sacudirte el polvo y tomar conciencia de que, en realidad, no es tan malo no tener pareja. De hecho, tiene un millón de ventajas que esperan ser descubiertas por ti. Entonces, dilo conmigo… SOLA. Grítalo. Y comprende que no es el final. Es apenas un comienzo. 

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